Críticas y lecturas de Veces

Lectura de Antonia Vicens

El agua muerta
 
No recuerdo su nombre; le llamaré Emma. Yo era muñeca y ella ya escandalizaba a la gente contándoles que leía Madame Bovary, una novela muy “verde”, precisaba.

Y eso que en el pueblo, aquellos años escasos de posguerra, casi nadie sabía lo que era un libro.
Si bien Emma era la hermana mayor de una fila de criaturas que iban por la calle pastando como bichos sucios y desgarbados, ella, en cambio, tenía senos abundantes, cintura quebradiza y una mirada de miel que claramente gomboldaba salas de baile, ciudades iluminadas, escenas de amor pasionales… Pero sus padres pronto la dieron a un anciano muy rico, a cambio de asegurarse el pan de cada día.


Se susurraba que el viejo la tenía cerrada con llave. Que sólo le dejaba asomarse a una ventana pequeña. Poruc, celoso que otros hombres más jóvenes la pudieran codiciar. Sin embargo Emma era lo suficientemente astuta como para ponerle adormidera u otras hierbas dormideras en la sopa y así poder salir, noches oscuras, a encontrarse con algún contrabandista enamorado que la proveía de ropa interior sofisticada y libros que estaban prohibidos por su posible incitación a la revuelta sexual femenina.


Tener material de ensueño. Más allá de los pocos de comida que tira en su cabeza. Hoy, recorriendo Veces de Mireia Vidal-Conte, este poemario que rasca dentro de la memoria, espacios por tanto de cariño/lo de recuperar el cuerpo, se me ha aparecido Emma, lectora anónima buscando salas de visita/CAPS de urgències con cola/para ser Madame Bovary.
Al mismo tiempo le he visto en el más allá de la historia. Apuntalada apenas yermas. Explorando nuevos mapas. Las entrañas ahogadas. Los huesos dolidos de eternidad. ¡Porque no! no son ciertos los/deseos de nadie/firmes como puños/las farsas.
Versos cerrados, los de Mireia Vidal-Conte. Al igual que las judías verdes. Hacen falta ojos acostumbrados a descascararse para abrirlos y pasar sabor a una escritura de la piel que se subleva contra exilios y condenas. Porque Mireia consigue, no sólo remover el agua muerta de quienes se acercan a sus poemas, sino que hace que cada palabra se dispare, frenética, desgarradora. Y se convierta en arsénico para todas las Emmas.


Por tanto, el lector se puede complacer con la poeta de sus propios días no vividos/de los días todos aquellos/as que no/que no/ya no vendrán. Pero, al final, cansado de rezar fe/o rezar piedras volver a refugiarse en el poema, como el prisionero que, tras muchos intentos de fuga, vuelve a una libertad denegada y la conserva/como el individuo su pozo .”


Antonia Vicens

Lectura de Sebastià Portell

Lectura de David Madueño



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